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La Crisis Financiera Internacional: Una Audaz Respuesta Progresista Global

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Frente a esta realidad se impuso la necesidad paradojal de que un gobierno, paladín del neoliberalismo como el de Bush, tuviera que presentar un plan de intervención y rescate de las instituciones financieras afectadas y de sus carteras “contaminadas” por un monto de US$ 700 billones. A poco andar tuvo que reformularlo ante el Congreso y tampoco logró por sí sólo devolverle la confianza a los mercados. No fue capaz de contrarrestar a una díscola ley de Murphy financiera que se instaló en la Gran Manzana: que cuando las cosas van mal, todavía pueden ir peor.

 

La respuesta eficaz tuvo que venir de otro lado. De un plan más coherente e integral, que fuera capaz de lograr dos cosas fundamentales: primero, garantizar el interés público de los que pagan los impuestos y financian el rescate de los bancos (vía un mecanismo de participación accionaria del Estado en estos), y segundo, buscar la convergencia de la acción coordinada de varios países, para actuar sólidamente sobre la expectativas, operando como un Plan de Estabilización con impacto internacional. Esta acción ha sido liderada por la propuesta del gobierno Laborista inglés, que ha logrado el consenso de los países de Europa, notablemente de Francia y Alemania. A diferencia de la propuesta de Bush, la propuesta de Brown fue apoyada por el mercado, y los indicadores financieros por fin comenzaron a dar muestras de respuestas positivas, aunque por cierto queda mucho camino por andar. En el camino del ajuste, mientras no se defina la contienda presidencial en los Estados Unidos y mientras no se despeje el impacto especulativo, es posible esperar una alta volatilidad y movimientos bruscos en los mercados. Pero ello no le resta validez a una potente iniciativa estabilizadora que va en la dirección correcta. 

 

¿Ha sido esta propuesta fruto del azar o una idea desesperada de última hora? Definitivamente y rotundamente no. Bajo el auspicio de una cumbre de líderes progresistas ocurrida en Londres a principios de este año, y con el concurso de varios think tanks internacionales, se venían discutiendo en forma eficaz y sin rimbombancia, los principios de una nueva visión para hacer frente al riesgo de un posible escalamiento de la crisis sub-prime y que ésta derivara en crisis sistémica. Según esta visión se debía abordar un paquete de medidas simultáneas, que contemplara varios factores: la convergencia inter-gubernamental de las acciones de los países frente a la crisis; la generación de nuevos mecanismos de respaldo financiero y de nuevas formas de regulación  financiera, y avanzar con urgencia en la propuesta de reforma de los organismos financieros multilaterales. Pero obviamente no fue esta la tesis del gobierno republicano de Bush, y el mundo ha tenido que pagar las consecuencias.

 

En cambio la propuesta de Brown tuvo el enorme mérito de transformar la nueva visión en una respuesta oportuna, audaz y concreta. Y digna de ser imitada. La crisis ha dejado en claro algo: sólo una propuesta inspirada en una visión progresista sobre el rol del Estado y de la regulación de mercado es capaz de concitar la confianza en los propios mercados y  de abrir la puerta para salir de la crisis; y para equilibrar la globalización con el sentido de justicia social y de protección de las economías de los grupos familiares.

 

Hoy la bancarrota ideológica y práctica del paradigma neoliberal a ultranza reviste las mismas proporciones históricas que tuvo la derrota del paradigma de la economía centralmente planificada hace unos veinte años. Se respira hoy en el aire, en la era de los desafíos de los bienes públicos internacionales, la emergencia de un nuevo ideario económico, quizás más cercano a un Neo-Keynesianismo de la Era Global y donde la Economía Política vuelve a jugar un rol destacado. Aparecen opciones como la de Obama, que ofrece una versión diferente del sueño americano y de su rol en el mundo.

 

Hoy el péndulo tiende a volver a un equilibrio: sólo un progresismo amplio, que se nutre del socialismo moderno y del pensamiento socialcristiano, puede garantizar una nueva Política de la Esperanza, que se distinga por la audacia de sus contenidos, la claridad de sus propósitos y su cercanía con la gente. Ese es nuestro mayor desafío de renovación programática.